Y dijo la libélula...

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miércoles, 6 de julio de 2016

Leviatán - Paul Auster

La libreta se había transformado para ella en un objeto mágico, un almacén de oscuras pasiones y deseos soterrados. El azar la había conducido hasta ella, pero ahora que era suya,  la veía como un instrumento del destino.
Aquella primera noche estudió las anotaciones y no encontró ningún nombre que le resultase conocido. Pensó que aquel era el punto de partida perfecto. Emprendería el viaje en la oscuridad, sin saber absolutamente nada, y hablaría una por una con todas las personas que aparecían en la libreta. Averiguando quiénes eran empezaría a aprender algo acerca del hombre que la había perdido. Sería un retrato en ausencia, un perfil trazado alrededor de un espacio vacío, y poco a poco del fondo iría surgiendo una figura, formada por todo lo que no era. Esperaba llegar a encontrarle finalmente de esa manera, pero aunque así no fuese, el esfuerzo llevaría consigo su propia recompensa. Quería animar a las personas para que se abriesen a ella cuando las viera, para que le contasen sus historias de encantamiento, lujuria y enamoramiento, para que confiasen sus secretos más ocultos. Ansiaba trabajar en esas entrevistas durante meses, tal vez incluso años. Habría miles de fotografías que tomar, cientos de declaraciones que transcribir, un universo entero que explorar. O eso pensaba. La suerte quiso que el proyecto descarrilase después de un solo día

viernes, 9 de mayo de 2014

Tumbuctú - Paul Auster


- Donde termina el mapa del mundo, es donde empieza Tombuctú.

Por lo visto, para llegar allí había que atravesar a pie un inmenso reino de arena y calor, un territorio de eterna nada. Míster Bones tenía la impresión de que sería un viaje muy penoso y difícil,pero Willy le aseguró que no era así, que no se tardaba más que un abrir y cerrar de ojos en hacer todo el trayecto. Y cuando se llegaba, decía, una vez que se cruzan las fronteras de aquel refugio, ya no había que preocuparse de comer, ni de dormir por la noche ni de vaciar la vejiga. Se estaba en armonía con el universo, se era una partícula de antimateria alojada en el cerebro de Dios. Míster Bones no llegaba a imaginarse lo que se sería la vida en un sitio así, pero Willy hablaba de ello con tan vivo deseo,con tal dulce emoción resonando en su voz, que el perro acabo por abandonar sus dudas. Tom-buc-tú. Y ahora hasta el sonido de aquella palabra era suficiente para hacerle feliz. La directa combinación de vocales y consonantes rara vez dejaba de conmoverle en lo más profundo del alma, y siempre que aquellas tres silabas fluían musicalmente de labios de su amo, sentía en todo su ser una oleada de gozoso bienestar, como si la palabra sola fuese una promesa, la garantía de un futuro mejor

viernes, 26 de julio de 2013

Frase (19)


martes, 21 de febrero de 2012

El libro de las ilusiones - Paul Auster

Se había convertido en una mariposa azul, y paso el resto del día revoloteando en torno a la ardiente llama de una vela. Sabía que sus alas podían prenderse en cualquier momento, pero cuanto más cerca estaba de tocar el fuego, más sensación tenía de estar cumpliendo su destino. Como escribió en su diario aquella noche: si pretendo salvar mi vida, tengo que estar a un paso de destruirla.

viernes, 1 de abril de 2011

Si las libélulas leyeran...(7)


El país de la últimas cosas - Paul Auster


"De acuerdo con esta teoría, cuando uno tiene un pensamiento oscuro o pesimista produce una nube en el cielo y, si una gran cantidad de gente tiene pensamientos negativos al mismo tiempo, comenzará a llover. Según ellos esto explica los cambios bruscos del tiempo y el hecho de que nadie haya podido encontrar una justificación científica a nuestro absurdo clima. La solución que proponen consiste en mantener una alegría inmutable, por más deprimentes que sean las situaciones a nuestro alrededor; nada de enojos, ni suspiros profundos, ni lágrimas. A estas personas se las denomina "los risueños" y en la ciudad no existe otra secta más inocente e infantil. Están convencidos de que si la mayoría de la gente se convirtiera a sus creencias, el tiempo acabaría por estabilizarse y la vida mejoraría, por lo cual hacen proselitismo todo el tiempo, siempre en busca de nuevos adeptos, aunque la suavidad de modales que ellos mismos se han impuesto los hace muy poco persuasivos. Rara vez consiguen convencer a alguien para su causa y, por lo tanto, sus ideas no se han llevado a la práctica ya que sin un gran número de creyentes no habrá los buenos pensamientos necesarios para que repercuta en el clima. Esta falta de pruebas, sin embargo, los vuelve aún mas obstinados en su fe. Puedo imaginarte meneando la cabeza, y si, tienes razón, estoy de acuerdo contigo en que esta gente es ridícula y está equivocada. Pero en el contexto de la vida cotidiana de la ciudad, su argumento cobra una cierta fuerza y tal vez no resulte más absurdo que otro cualquiera."

lunes, 21 de junio de 2010

El palacio de la luna - Paul Auster





La gente que encuentra en la luna mide cinco metros y medio y anda a cuatro patas.. Habla dos lenguajes diferentes, pero ninguno se compone de palabras. El primero es el que usa la gente vulgar, es un intrincado código de gestos pantomímicos que requieren un constante movimiento de todas las partes del cuerpo. El segundo es el que hablan las clases superiores y consiste en sonido puro, un complejo pero inarticulado tarareo que recuerda mucho a la música. Los selenitas no comen tragando el alimento, sino oliéndolo. Su dinero es poesía poemas escritos en pedazos de papel cuyo valor está determinado por el valor del poema mismo. El peor crimen es la virginidad y se espera de los jovenes que se muestren irrespetuosos con sus padres. Se considera que cuanto más larga tenga la nariz una persona, más noble será su caracter. A los hombres de nariz chata se les castra, porque los selenitas prefieren extinguir una raza que verse obligados a vivir con semejante fealdad. Hay libros que hablan y ciudades que viajan. Cuando muere un filósofo, sus amigos beben su sangre y comen su carne. De la cintura de los hombre cuelgan penes de bronce, de la misma manera que los franceses de siglo XVII solían llevar espadas. Como le explicó un selenita al desconcertado Cyrano: ¿acaso no es mejor honrar los instrumentos de la vida que los de la muerte?